sábado, 27 de junio de 2009

Poema de amor

vuelve a mí
te pido perdón
por todo aquello
de lo que ni siquiera
sé hablar
por toda la mierda que dije
por todo aquello que nos hicimos
de borrachera en borrachera
mientras el tiempo pasa
me voy volviendo viejo
y quiero pedirte perdón
por si me muero y después
ya no existe nada
al menos moriré tranquilo
con la conciencia libre
y esa última visión
será agradable y me ayudará a aceptar
que todo bajo el cielo es bazofia
cuando no se está drogado hasta las cejas
en realidad no me importa tu felicidad
tan sólo busco calmar mi conciencia
poder seguir despertándome con ganas de vivir
ir al trabajo con una sonrisa
no pensar en ti y en la mierda que hice
es una forma sencilla de autoengaño
de métrica inexistente
de rima que brilla por su ausencia
pero me da igual
yo QUIERO que vuelvas conmigo
y que nos amemos, que follemos, que nos digamos
lo que sea
pero que nos digamos algo
este vacío es
tan jodidamente insoportable
sin ti

Autolamentos que me invadís, tristezas que mi morada tomasteis como cabeza...

Tijeras, alicates. Celofán, metáforas, libros a los que les faltan muchas hojas.

Demasiadas palabras que se quedan fuera, mientras el ruido de fondo es anulado por ideas incoherentes, banales... que sólo me hacen reír a mí y a nadie más - aunque al menos yo me río a carcajadas. Horas después me vuelven a parecer tan estúpidas como siempre, lo cual seguramente sea síntoma de alguna clase de daño mental. Un largo y poderoso camino de ocultación para que nada salga a la superficie consciente.

Antes creía que la televisión era la mayor fuente de distracción que existía. Pero ahora sé que cada cerebro es capaz de provocar el mismo efecto sin necesidad de suministro eléctrico externo. Simplemente con su imaginación, ¡esa bendita fuerza!, y nada más.

Lo bello no siempre es bueno, no siempre, no siempre, no siempre...

Pensar y pensar. Rellenar de estupideces cada segundo. Encadenarse a ideas fragmentarias, que nunca lograrán engancharse unas con otras formando una estructura narrativa coherente.

Y lo peor es cuando esto se realiza no entre pequeñas palabras e ideas, sino con todas las herramientas disponibles en un esplendoroso combate de fuegos artificiales efímeros y vanidosos.

...

Ya ni siquiera recuerdo qué estaba queriendo decir. Pero qué más da.

Estoy equivocado, muy equivocado, acerca de mí mismo. Acerca de mis sueños, que me mienten cada noche y me torturan con realizaciones de deseos que jamás podré cumplir en la práctica. En vez de permitirme sonreír, como antes, ahora me hunden y me corroen el alma al recordarme lo que jamás alcanzaré.

Y pienso en el suicidio, en sus múltiples formas, mientras reconozco ante mí que esos pensamientos son como un ácido que va destruyendo mi cerebro. Pero ya me da igual. Ni siquiera voy a dar forma a esos pensamientos, yo sólo me quedo en la superficie lacerante.

"Es terrible reconocer que se ha fracasado". Fracasado, sí, ¿pero en qué exactamente? Ni siquiera puedo responder a esta pregunta. Sólo sé que yo antes tenía objetivos, pero que ya no los recuerdo o al revisarlos me parecen absurdos. Un examen detallado de la cuestión es tan doloroso que ya ni siquiera me molesto en repasar esas cosas.

Vuelvo de nuevo a la autolamentación y a darme cabezazos contra estas palabras que ya ni siquiera soy capaz de domar, y que me explotan en la cara cuando intento emitirlas.

...

Recuerdo que en algún momento quise ser escritor... pero esto es todo a lo que he llegado.

Es patético.

martes, 23 de junio de 2009

Las defecaciones líricas

La palabra de una criatura temblorosa
contra la de un secuaz de la Ley.

Las cosas que se mienten sin pensarlas demasiado. El fuego
del Sol en la cabeza, sin una fuente cerca.

La verde luz de encendido del pc,
como un maletín lleno de cartas.

Las ganas de vomitar
a ser posible en una bolsa
de papel
o de cartón
pero no de plástico.

La perversión que no produce
absolutamente nada, al menos a nivel cósmico, al menos
nada que podamos percibir nosotros.

Tampoco se observan efectos a nivel metafísico.

Sólo quedan las sobras de la comida, los restos
del festín de informaciones y de
puntos de luz en movimiento
sobre la tela blanca.

Y las náuseas que provocan los tejidos sintéticos
al llevárselos a la boca.

viernes, 12 de junio de 2009

Más literatura de mierda

-No estoy seguro.
-Pero... ¿ni siquiera una estimación? Cualquier cosa...
-Bueno. En todo caso, no superará los doscientos. Eso nunca ha sucedido hasta ahora.
-Está bien. Con eso me sirve.
-Si usted lo dice...

Golpe de calor al abrir la puerta. Claxon, pisadas en la escalera, los gritos de un grupo de niñas corriendo hacia el parque. Un rojo brillante hundiéndose entre el azul metálico de los edificios con paredes de cristal. Lentos y tediosos movimientos de piernas, un pie y después otro, hasta la parada del autobús. Pintadas de spray, indescifrables, cubriendo por completo la frecuencia de paso del transporte. Una única persona sentada bajo el techo de la marquesina, leyendo una revista de famosos. Al fondo de la calle, el asfalto vibrando por la temperatura como un espejismo de fusión.

-¿Tienes un cigarro?
-No, no fumo.
-Tsk. Vale, gracias de todas formas.
-...

Se sienta en el banco, pero se levanta de inmediato. No parece convencido. Nada le tranquiliza. Doscientos es demasiado poco. No es suficiente, y no es el primer impedimento con el que se estrella a lo largo de la semana. Tampoco cree que vaya a ser el último. ¿Y de dónde sacará los quinientos que había previsto en el primer borrador? No, no está nada claro. Podría dibujarlos, pero eso no los convierte en reales. No, eso no le servirá.

El primer autobús se lleva consigo a la chica que esperaba a su lado. Ahora está solo. Decide mandarlo todo lejos, pero inmediatamente se arrepiente y vuelve a su ser. "No serviría de nada" - es lo que se repite una y otra vez - "porque ni siquiera yo soy tan importante". Ahora sólo le queda esperar a que el viento de su suerte vuelva a soplar. Pero no le queda mucha paciencia, y ya ha pasado por ese limbo demasiadas veces en el último año. Esta última carta suya tampoco es ganadora.

Tan sólo le permite seguir arrastrando los pies unas cuantas paradas más.
Aquel hombre me acompañó durante un rato.

Nos sentamos en unas sillas situadas alrededor de un tablero de ajedrez. Él colocó su maletín sobre la mesa y lo abrió, pausadamente. Extrajo de él algunas herramientas, en su mayoría utensilios de cirujía pero también de ferretería, e iba comentando la función de cada uno de ellos a medida que los colocaba sobre la mesa. Saqué mi cartera y le di todo el dinero que llevaba encima. Él sonreía todo el rato y hablaba en tono tranquilizador, incluso llegamos a darnos un apretón de manos.

Después seguimos andando por las calles de aquella madrugada perdida en el barrio desconocido. Le acompañé hasta el portal de su casa, pero me quedé dormido en las escaleras sin llegar a entrar. No sé qué más fue de él.

Tampoco recuerdo ni el piso ni el portal, ya que perdí de vista la calle en cuanto recuperé mi identidad de camino al metro. Unas escaleras como otras cualquiera, nada más. Una puerta de metal. Mi móvil estaba apagado y mi monedero vacío, aunque conservaba mis tarjetas y el resto de documentos. Debió ser la policía, y no aquel hombre. ¿Por qué iba yo a entregarle nada? Pero no recuerdo que me parasen, ¿tal vez se trataba de otra noche similar?

Una calle cualquiera, de paredes blanqueadas por la cal. El sol cegándome al salir del portal. Nadie a mi alrededor. Tan sólo un bisturí oxidado en mi mano, con manchas secas de barro en él.

. . .

A la semana siguiente volví a pasarme por la zona, y encontré un parque con mesas de ajedrez bastante parecido al de aquel sueño que tuve. Me detuve unos minutos para examinarlas. No encontré ningún rastro similar a los detalles que recordaba; tampoco había monedas ni herramientas por el suelo. Dos ancianos, sentados en un banco del parque, parecían ignorarme mientras yo realizaba mis investigaciones. Uno de ellos golpeó el suelo con su bastón cuando pasé. Las hojas secas revoloteaban, formando largas espirales que ascendían y se desmoronaban poco tiempo después.

. . .

Repartí mi parte entre los cuatro. No dejé nada para mí. Pensar en ello me provoca náuseas, así que me quité el asunto de encima lo más rápido que pude.

La campana de la puerta sonó cuando la cerré. Debieron quedarse impresionados, pero ninguno dijo nada. Se limitaron a sonreír y a mirar al suelo, ¿avergonzados? No lo sé, y ya no podré comprobarlo.

. . .

He probado a insertar el cartucho, pero comienza a darme problemas.

Sólo han pasado tres días y ya siento la corrupción asomando por debajo de mi piel.

Está a punto de emerger a la superficie.

miércoles, 3 de junio de 2009

L. se lo cita a R. a modo de parábola sobre M.


Meng Ke dijo:


"Los árboles del monte Niu eran bellos; pero, por estar situados en los bordes de un gran poblado, fueron atacados con hachas y ya no pudieron conservar su belleza. Con el reposo del día y la noche, y la nutrición de lluvias y rocíos, renacieron brotes y tallos; pero vacas y cabras vinieron entonces y pastaron en el monte hasta dejarlo pelado. Cuando las gentes ven ahora el monte desnudo, creen que en él nunca hubo árboles, pero no es éste el estado natural del monte.


De la misma manera, con referencia al hombre, no puede decirse que en su corazón no existan la benevolencia y la rectitud. El hombre pierde su bondad de corazón del mismo modo como se abate a los árboles a hachazos. Si uno y otro día se lo hiere, ¿cómo podrá conservar su belleza?


El corazón se recupera a lo largo de los días y las noches y, aunque en el pacífico aire de la aurora ama o rechaza hasta cierto punto según lo que es propio de los hombres, las influencias del día le ponen grilletes y le ahogan. Si una y otra vez se le ponen grilletes, el aire de la noche no es bastante para preservar la existencia de la bondad y, si esto es así, la naturaleza humana deja finalmente de diferenciarse de la de las bestias".

martes, 2 de junio de 2009

Es fácil

Sensación de suciedad, de impureza. Una corriente de vísceras rodando por la piel hasta el suelo, empantanando todo el campo de visión. El tacto está sobreexcitado; el paladar, reseco. Se repiten los restos de la última comida, mal digerida debido a las prisas con las que fue ingerida.


-¿Me pasas la sal?

-...

-Bueno, ¿y qué tal te ha ido el día?

-Dame más vino. Mal.

-¿Mal? Jo... ¿y eso?

-No he hecho nada. No he avanzado nada. Sólo he dado vueltas y más vueltas.

-¿Vueltas a qué?

-A nada.

-Pero... algo habrás hecho.

-Nada.

-Jo...

-...

-¿No me cuentas nada?

-No hay nada que contar. Un día igual que el resto. Todos son iguales.

-Alguna diferencia habrá...

-No.

-¡Joder, ya basta! ¡No soporto esa actitud! ¿Me escuchas? ¡Estoy harto!

-...

-¡¡¡HARTO!!!

-No seas histérico... ya te vale, tanta agresividad mal canalizada.

-¡¡¡NO ESTOY AGRESIVO!!! ¡JODER! Intentaba ser amable, hablar de algo... ¡tú nunca me cuentas nada!

-Nunca te cuento nada...

-Siempre lo mismo, ¡lo mismo de siempre! Comer, dormir, follar, gritar, ver esa mierda que taaanto te divierte a ti, ¡ya basta! ¡Estoy harto de ti!

-Anoche no parecías tan harto. Más bien lo contrario.

-¿Eh? ¡¡Que te JODAN, JODIDO IMBÉCIL!! LA HAS CAGADO, ¿COMPRENDES? ¡¡¡ACABAS DE MANDARLO TODO A LA MIERDA!!!

-Je... ya será para menos.

-¡Me largo!

-No.

-¡He dicho que me largo!

-Y yo he dicho que no. Tú te quedas.

-No vas a impedírmelo, si es lo que pretendes decir.

-No es eso lo que he dicho. Pero lo diré, si es necesario.

-¡Apártate, no me toques! ¡NO!

-Je, je... Mira, mira cómo te has puesto. Toca, toca la comida... ¿ves cómo resbala? ¿ves cómo gotea? ¿escuchas su sonido? Ahora por la cara... tápate los ojos, adelante, si no quieres mirar. Te estás poniendo perdido igualmente. ¿Te apetece beber algo? ¿Te traigo un vaso de agua? También puedo cortarte un poco de melón... está fresquito, te gustará. ¿Quieres un poco? Te sentará bien. Traga, traga... otro trocito para ti... vamos, trágatelo todo, no dejes nada...

-¡¡¡Te odio, te odio, te od... gghhhgggggdddggg... dgggg... dgg... gggggddhgghhhg.... dgggh...

-Pero no vomites, no... ¿por qué haces eso? Ven, no te preocupes que te lo vuelvo a meter, no te costará nada... ¿ves cómo puedes hacerlo? Es fácil. Y ahora a ver si te estás calladito un rato, ¿vale? Estoy intentando relajarme. Esto es importante para mí.

Los calcetines verdes

-Estoy pensando seriamente en apuntarme a un curso de "Procedimiento de lavado y planchado mecanizado de lencería".

-¿De veras?

-Pues sí. Llevo demasiado tiempo dando tumbos, a la deriva, y ya estoy harta. Ya apenas recuerdo por qué me vine a trabajar aquí, ¿puedes creerlo? El martes pasado, hablando con L., me di cuenta de súbito. Era como si llevase siglos sin pensar en ello, ¡y menudo ello! Me había... ¿acostumbrado? ...a no cuestionarme algunas cosas, algunas cosas muy básicas, fundamentales...

-¿Ello?

-¿Eh?

-Has dicho: "menudo ello"

-¡Ah, joder, eso! Me refería a que no había pensado en ello desde hacía meses... o yo creo que llevaba sin hablar de ello años, a saber. Fue un shock volver a tener esas ideas... se pusieron a crecer a toda hostia, me recubrían con sus raíces como... como si fueran plantas salvajes. Eso es. Plantas salvajes en un jardín abandonado, lleno de maleza y boquetes en el suelo.

-Continúa.

-No moló nada, nada de nada. Se me puso la piel de gallina, ¿ves aquí? Justo aquí. L. se reía de mí, pero a mí no me hacía ni puta gracia. Me sentía como si me viese a mí mismo desde atrás, siendo empujado por una cuerda, un gancho, ¡yo qué sé! Y hablaba y hablaba, pero eso no se iba. Estuve como diez horas hablando y seguía con eso ahí, estrujándome por dentro. L. no tiene ni idea, se creía que hablaba de coña, o con metáforas. Pero esas ideas crecían, se agarraban como la hiedra a mi carne... no había nada que yo pudiera hacer, y seguir hablando sólo lo empeoraba todo. Se me ocurrían cosas la mar de extrañas sobre las plantas, o las ideas.

-¿Por qué viniste aquí?

-Vine aquí... ahora creo que sí podría hablar de ello, pero cuesta creer que las cosas puedan difuminarse tanto, los días pasan y no vuelves a... Sí, recuerdo una conversación con J., yeah!, en el salón de su casa: yo estaba sentada en un sillón, fumando, y él me enseñaba papeles y más papeles. Era todo sacado de la Red: mapas, direcciones, teléfonos; incluso un currículum que había redactado por mí, para que me fuera más sencillo entrar. ¡Más mono...! Me abrazaba varias veces mientras hablaba, aunque no recuerdo exactamente qué me decía, él y sus palabras raras... Estábamos, creo, decidiendo... no, eso ya lo habíamos dejado claro. Me está hablando del sueldo, las horas, la gente que conoce por ahí...

-¿Fue J. quien decidió por ti?

-Esto... no sé muy bien cómo responder a esa pregunta.

-Limítate a responder sí o no.

-Es que no es tan... sencillo. Verás... J. tiene un montón de contactos, y se le da genial todo eso de buscar y encontrar cosas. Me dio una lista, sí... ya me acuerdo: me dio una lista de sitios donde yo podría trabajar, pero al final... termino escogiendo al azar, porque todos parecen iguales. Esos mapas son un poco alienantes -menudo palabro, joder-. Pero es que siempre que ves un lugar ahí, con tanta línea y tanta rayada, se parece siempre a los otros que has visto antes, y a los otros, y siempre es igual a los otros que te van a enseñar luego. ¡Así no hay quien decida nada, joder! Tendrían que ponerles colores, o relieves, cosillas de algún tipo. No hacen honor a los lugares, ni a los espacios.

-Tienes razón.

-Pues por supuesto que la tengo. ¿Lo dudabas?

-Te gusta pasear por los lugares, ¿verdad?

-Eh... pues sí, sí que me gusta... No lo dirías por mi aspecto, ¿eeeh? Ya sé que no. Pero yo antes siempre iba andando a todas partes, aunque hay que reconocer que... Nah, ahora mi vida es distinta. Ya no me puedo permitir esos lujos. Y ahora tengo un medio mejor para moverme. El coche ha sido la gran revolución del individuo, joder. Sobre todo para mí, jaja, que siempre llego tarde a todo. ¡Y ahora ya no! De un salto me pongo al volante y, ¡vamos allá!, a devorar los kilómetros y a cagar minutos extra. Me encanta esa sensación de... ¿tomar el mando? ¿Se dice así?

-Sí, es correcto.

-Seh... No es la palabra que buscaba, pero me vale. ¿Te vale a ti?

-Creo que me hago una idea de lo que quieres decir.

-Pues qué bien. Porque yo sí que sé lo que quiero decir, y es algo que mola mogollón. Antes era un agobio... por la gasolina, lo de encontrar aparcamiento... Pero gracias a J. ya nunca más tendré problemas.

-¿Gracias a J.?

-¡Sí, gracias a él! Qué manía de repetir el final de mis frases, oye. Pareces un lorito escacharrado...

-Te pido disculpas, pero lo que dices está plagado de contradicciones. Tengo que realizar preguntas a fin de aclarar esos puntos conflictivos.

-¡¿Contradicciones, YO?! Tsk... Mira, no sé si aceptar esas disculpas, pero vale... Tú y tus "puntos conflictivos". Bah, hoy me pillas en un día raro y la verdad es que todo me da bastante igual. Te seguiré un rato más, ¿por qué no?

-Después de la sesión analizaremos esos detalles con más calma. Continúa, por favor.

-Pues... ¿qué más quieres saber? Ya no sé ni por dónde iba.

-Estabas hablando de cuando J. y tú os peleasteis por última vez. El cuchillo Ginsu. Los gritos. Los calcetines verdes.

-Ah, joder, sí. Buf... menuda movida...