Aquel hombre me acompañó durante un rato.
Nos sentamos en unas sillas situadas alrededor de un tablero de ajedrez. Él colocó su maletín sobre la mesa y lo abrió, pausadamente. Extrajo de él algunas herramientas, en su mayoría utensilios de cirujía pero también de ferretería, e iba comentando la función de cada uno de ellos a medida que los colocaba sobre la mesa. Saqué mi cartera y le di todo el dinero que llevaba encima. Él sonreía todo el rato y hablaba en tono tranquilizador, incluso llegamos a darnos un apretón de manos.
Después seguimos andando por las calles de aquella madrugada perdida en el barrio desconocido. Le acompañé hasta el portal de su casa, pero me quedé dormido en las escaleras sin llegar a entrar. No sé qué más fue de él.
Tampoco recuerdo ni el piso ni el portal, ya que perdí de vista la calle en cuanto recuperé mi identidad de camino al metro. Unas escaleras como otras cualquiera, nada más. Una puerta de metal. Mi móvil estaba apagado y mi monedero vacío, aunque conservaba mis tarjetas y el resto de documentos. Debió ser la policía, y no aquel hombre. ¿Por qué iba yo a entregarle nada? Pero no recuerdo que me parasen, ¿tal vez se trataba de otra noche similar?
Una calle cualquiera, de paredes blanqueadas por la cal. El sol cegándome al salir del portal. Nadie a mi alrededor. Tan sólo un bisturí oxidado en mi mano, con manchas secas de barro en él.
. . .
A la semana siguiente volví a pasarme por la zona, y encontré un parque con mesas de ajedrez bastante parecido al de aquel sueño que tuve. Me detuve unos minutos para examinarlas. No encontré ningún rastro similar a los detalles que recordaba; tampoco había monedas ni herramientas por el suelo. Dos ancianos, sentados en un banco del parque, parecían ignorarme mientras yo realizaba mis investigaciones. Uno de ellos golpeó el suelo con su bastón cuando pasé. Las hojas secas revoloteaban, formando largas espirales que ascendían y se desmoronaban poco tiempo después.
. . .
Repartí mi parte entre los cuatro. No dejé nada para mí. Pensar en ello me provoca náuseas, así que me quité el asunto de encima lo más rápido que pude.
La campana de la puerta sonó cuando la cerré. Debieron quedarse impresionados, pero ninguno dijo nada. Se limitaron a sonreír y a mirar al suelo, ¿avergonzados? No lo sé, y ya no podré comprobarlo.
. . .
He probado a insertar el cartucho, pero comienza a darme problemas.
Sólo han pasado tres días y ya siento la corrupción asomando por debajo de mi piel.
Está a punto de emerger a la superficie.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario