Cada nuevo ser humano que viene al mundo reescribe toda las historias de nuevo, añade su propio punto de vista allí por donde pasea su mirada.
Su procesamiento íntimo de ideas es inviolable. Sólo puede ser intuido o comunicado a través de complejos sistemas simbólicos, pero nunca compartido directamente.
Es. Está. Existe.
Su organismo le exige constantemente que preste atención al hambre, la sed, el sexo, el aburrimiento, la soledad... una maraña de impulsos, vicios y esperanzas en cuya red va desarrollándose la vida individual.
Los días van pasando y el laberinto amplía sus fronteras. La sorpresa y la curiosidad imperan durante un tiempo; no obstante, la desesperación y la frustración también hacen mella en su cuerpo y en su alma.
El cerebro también sufre, especialmente cuando se ve delimitado en esquemas rígidos, en patrones y ritmos disparados hacia un futuro que se sabe cada vez más similar al pasado ya vivido. Incluso la curiosidad más inocente y espontánea puede llegar a ser mutilada por su propio dueño en favor de la apariencia social, de la discreción o, incluso, del miedo a la verdad.
La persona de la cual estoy hablando no tiene apenas nada a lo que aferrarse, en este momento. Atrás quedaron los años de efervescencia intelectual, de euforia por el conocimiento y de querer resolver los asuntos pendientes de la Historia. A día de hoy ya tiene bastante con no derrumbarse al llegar a casa del trabajo, le basta con poder mirar al mes siguiente y saber que las cosas tarde o temprano cambiarán - que pronto será libre para explotar sus capacidades (durante tanto tiempo alimentadas en secreto) y ayudar a otros en ese proceso de crecimiento interior y exterior.
Tiene demasiado miedo. Miedo a fracasar una vez más. Miedo a empezar algo que no pueda terminar. Tiene miedo, incluso, a salir a la calle o a quedar con sus amigos y conocidos. No se siente útil - y si alguna vez sintió eso, finalmente ha sido derrotado por la venenosa sensación de estar siendo manipulado y aprovechado por otras personas sin tener en cuenta sus intereses.
Él ni siquiera sabe cuáles son ya sus intereses. Al fin y al cabo, no es sino otro ser humano más. Cualquier recién nacido puede alcanzar el mismo punto que él, tal vez incluso en menos tiempo. ¿Y qué le espera? La misma amargura, el mismo dolor - la misma desesperación al final del camino, sustituyendo a una energía vital que, a estas alturas, es recordada vagamente y con la apariencia de un narcótico artificial.
Toda esta telaraña abstracta continúa expandiéndose y cubriendo su cadáver con vida incluso cuando él no está consciente. Basta con cerrar los ojos para sentir el miedo a no despertarse a tiempo. Basta con mirar a unos niños para arrancarle lágrimas de compasión y de asco. Basta con un cigarrillo para desatar las náuseas y darle un motivo más para abrazar la almohada en la oscuridad.
La fragilidad de su mente, la facilidad con que los recuerdos se distorsionan y desaparecen, le entristece a menudo. Se lacera pensando que todas esas ideas son propias de una raza decadente, condenada al aislamiento y al suicidio colectivo - que tal vez estaría mejor en cualquier otro país, en cualquier otra ciudad o tal vez en pleno campo, en algún lugar donde la actividad física diaria le mantuviera agotado y centrado en algo más allá de sí mismo. Ha barajado incluso la posibilidad de alistarse en el Ejército, pero sólo en tiempos de guerra.
La visión de su propia muerte entre ruinas, rodeado por la sangre y el humo, ha dominado sus pensamientos durante cientos de tardes de asco y furia.
Pero no lo hará. No morirá, no se lanzará a luchar por ideales ajenos, no se alistará en ninguna organización humanitaria. Ni siquiera saldrá a la calle a conocer a sus vecinos.
Él sólo sabe lamentarse, diletar y marchitarse lentamente.
Sólo sabe existir, sobrevivir, y nada más.
Uno entre millones.
Millones de marionetas bailando a destiempo y con los ojos vendados por sus propios temores. Como una gigantesca masa de carne expandiéndose por la superficie del planeta, deseando sólo que le den más y más con el mínimo esfuerzo. Cortar alguna vena suelta no conduce a la muerte general, sólo a la culpabilidad necrótica y aplastante de una tarde de domingo perdida, desperdiciada y...
¿por qué no?
Olvidada, completamente olvidada un par de días después. Bendita sea la rutina laboral, bendito sea el hastío y benditos sean los pequeños cotilleos que distraen.
Bendito sea todo aquello que nos saca del tedio, que nos impide crecer. El mundo de ahí fuera es frío y asqueroso.
"Para qué esforzarse siquiera en planear la propia muerte. El final es ahora tan obvio, tras tantas reflexiones y consideraciones fundadas, que uno puede sentarse calmadamente a esperarlo mientras hace cualquier otra cosa. El paso del tiempo ha devorado las ansias de inmortalidad, de comprensión total, de conocimiento humano y dividno. Nos sumergimos en la gelatina omnisensorial y la sentimos repleta de tropezones, de violentas y breves descargas de distracción que continúan creciendo y desarrollándose con el único fin de que pasemos este tránsito de la manera menos dolorosa posible. Sí, bendigamos todo esto. Son terriblemente amables con nosotros, estos endulzadores de heridas. Les debemos la cordura y nuestra vida funcional. Se lo debemos todo a ellos, porque si no fuera por eso... no estaríamos aquí, ya nos habríamos pegado un tiro en la cabeza"
"Dios es un concepto demasiado manoseado como para resultarme apetecible ahora. No quiero comer eso. No quiero que me traigáis más cosas que comer, no quiero servilletas, no quiero mancharme para poder limpiarme después. No quiero nada, tan sólo un poco de silencio y -siendo caprichoso- algo de Bach".
viernes, 22 de mayo de 2009
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