martes, 26 de mayo de 2009

La Garra

Desde hace unas semanas, cada dos o tres noches aproximadamente, un aterrador alarido despierta a M. en mitad del sueño. Se trata de C., por supuesto, que duerme en la habitación contigua. M. ha probado todo lo que sabe para evitar que esto suceda, pero nada parece funcionar. Ni los mejores somníferos, ni la función aturdidora de la interfaz profunda del conector, ni siquiera una taza de leche caliente con miel antes de irse a la cama... nada de nada. C. parece inmune a todos los remedios, tanto los modernos como los tradicionales. Sea lo que sea lo que se agolpa en las entrañas de su cráneo, continúa manifestándose en forma de espantosas visiones que agarrotan sus músculos y aprietan una zarpa desgarradora a su cuello, interrumpiendo violentamente su descanso nocturno.

Cada sueño es diferente y por más que M. y C. se sientan, madrugada tras madrugada, a intentar descifrarlos, no parece haber ninguna conexión entre ellos. Nada explica por qué de pronto, de la tranquilidad onírica más absoluta, emerge súbitamente esa garra helada que le devuelve de sopetón y entre una cascada de fríos sudores al reino de la vigilia. C. ha descrito escenarios diversos: el metro, un acantilado de su infancia, la cara externa de una fruta, la superficie del mar, los andamios de una obra de construcción, una escena romántica con alguien desconocido, e incluso una procesión religiosa. No existe coherencia ni continuidad narrativa entre los mencionados escenarios, en cada caso parece tratarse de un sueño nuevo y distinto.

Pero en todas esas secuencias se repite siempre, indefectiblemente, el mismo patrón: de pronto él se percibe como absolutamente presente, sabe con certeza que se trata de un sueño, y se le ofrece la oportunidad de modificar a su antojo la cadena de eventos. Se eleva sobre el suelo, flota dulcemente por encima de la escena, recorre la zona representada y -sin previo aviso- reconoce que algo le sujeta con firmeza y que está tirando de él. Trata de aferrarlo, golpea con sus puños las cuerdas que se enrollan sobre él, boquea desesperadamente intentando llenar sus pulmones de aire, grita - pero nada sirve. Una fuerza misteriosa e implacable le tiene sujeto con cables y cuerdas y le empuja violentamente hasta el suelo, una y otra vez, provocando un audible crujido de huesos con cada choque. La sangre -¡su sangre, pues sabe que está despierto!- inunda su boca, haciéndole toser, y cubre sus ojos. A veces son sus uñas las que se clavan sobre su propia carne, otras veces son las afiladas piedras del suelo las que se introducen bajo la piel. Pero siempre se repite la misma y constante sensación invasiva, punzante, desgarradora.

Y entonces surge, de entre la oscuridad y la niebla del espantoso panorama, la zarpa hiriente que se agarra a su cuello y aprieta su garganta estrujando sus conductos, aplastando sus huesos, seccionando sus venas y arterias. Todo el sentido de la realidad se agudiza en estos momentos, y C. es capaz de recuperar -al despertar- con total exactitud cada detalle de esta experiencia. La mano posee venas, y también músculos; arrugas con formas geométricas que se expanden cuando se las contempla con detenimiento y parecen formar nuevos dibujos cada vez que se les presta atención. Y cuanto más mira la mano, más fuerte se aprieta contra su cuello. Lo único que se le ocurre es morder, clavar los dientes, apretar, forcejear, GRITAR!





C. despierta de súbito justo en ese instante, empapado en sudor y -a veces, incluso- rodeado por los restos despedazados de alguna almohada, sábana o lo que quiera que estuviera a su lado antes de irse a dormir. Es por eso que ahora C. y M. duermen en habitaciones separadas, únicamente por motivos de seguridad. Nadie sabe a qué se deben estos extraños fenómenos, ni cuánto durarán. Aun así, el impacto funcional sobre la vida de C. no es significativo. Sigue adelante con su trabajo y su vida social por las tardes como si no pasara nada. C. es un tipo valiente y sabe soportar las condiciones difíciles, aun sin previsión de mejora.

Pero poco a poco comienza a perder la calma, y eso sí que es toda una novedad en él.

No hay comentarios: