lunes, 25 de mayo de 2009

El cómico suicida

La acera de la calle se deslizaba velozmente hacia atrás con cada paso. Claudia sonreía aún, pues el último comentario de Jonás le había resultado especialmente hilarante tanto por su agudeza humorística como por su provocativas insinuaciones tan eficaz y sutilmente veladas para cualquiera que no supiera de qué iba todo aquel asunto. Los dos jóvenes paseaban confiados por el barrio de su infancia, de camino a la cita que habían concertado con otra pareja amiga.

Jonás esperó a que la sonrisa de Claudia se disolviera, antes de continuar hablando.


-¡Y así es como funciona todo el asunto! El tipo se mete en los peores sitios y en las situaciones más ridículas, ¡y nunca le sale nada bien! Siempre acaba recibiendo golpes, insultos e incluso -lo vi una vez con mis propios ojos- ¡amenazas de muerte! Pero siempre sobrevive. No pueden con él, es un fiera.

-Oh, cariño... prométeme que tú nunca te meterás en esos líos. Tu humor exige que te cuides, ¡no soportaría perderte en medio de una función!

-No tienes de qué preocuparte, querida. Lo de ese payaso es gracioso precisamente porque él es el payaso. Ni borracho me metería en una situación así, yo no he venido aquí para que me maten.

-Bueno, eso está bien. Mientras tú te mantienes a salvo, ¡nosotros reiremos con las estupideces suicidas de ese imbécil!

-Brindemos por la lejanía de su muerte, ¡que no cesen las risas!

-¡Brindemos, sí! ¿Pero dónde? ¡Me muero de sed!

-Espera un poco más, mi niña. Pronto llegaremos a nuestro destino y podrás saciarte. Esta noche invito yo.

-Eres muy amable, cielo. Pero ya sabes que no es con agua con lo que mi pálida garganta sacia su sed...

-Obviamente mi invitación se extiende a las importaciones, refrescos exóticos y demás parafernalia espirituosa. ¡Qué menos de mí!

-¡Esta noche brindaremos por nuestro payaso favorito! ¡Yipi yayi you!

-¡Yai you, yipi you!


Un gesto con la mano hizo que Jonás fijara su vista en la salida de Metro de la otra acera. El emisor del gesto era Víctor, un antiguo compañero de instituto, y traía de la mano a Gloria, su compañera. Gloria estaba preciosa con su vestido verde, ampliamente escotado y con lazos violetas en las muñecas y el cuello. Víctor vestía a la moda, pero con un pañuelo verde en el bolsillo frontal de su chaqueta como único signo distintivo de su firme compromiso con ella. En apenas veinte minutos estarían sentados en los sofás de la discoteca, sorbiendo sus bebidas y comentando las cosas que les habían ido sucediendo desde la última vez que se habían visto.

Pero justo cuando Jonás y Claudia cruzaban la vía hacia la otra acera, un autobús les arrolló y arrebató sus frágiles vidas de la existencia.




FIN

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