Una vez más, me veo con la servilleta atada al cuello y una legión de sirvientes enfilados ante mí, ocupando con su larga conga cada recoveco de cada pasillo y cada sala de espera de las infinitas que componen el espacio previo a mi tracto digestivo. No existe hueco alguno que no haya sido cubierto ya por alguno de estos sirvientes, y mi sonrisa se amplía cada vez que descubro a alguno de ellos dormitando en un rincón o distrayéndose con alguno de los indescifrables carteles que cubren las paredes (su función habitual es la de tapar las grietas y las manchas de humedad, pero también poseen un innegable valor decorativo). Mis sirvientes sudan continuamente (en los pasillos no hay ventanas) y se frotan unos con otros con cada movimiento de la larga cadena servil. Sus carnes se rozan entre sí, algunos se pisan los cordones de los zapatos y tropiezan, otros intentan satisfacer torpemente sus deseos y necesidades. Pero ninguno levanta la voz, ni uno solo de ellos emite siquiera un sonido articulado que les haga parecer humanos. Son una comitiva callada, un rumor lejano como el golpeteo de una rama al otro lado del muro. Se limitan a seguir avanzando, sin oponer resistencia. Y finalmente llegan ante mí, y yo les atiendo de la única forma que sé: devorando lo que me traen.
A mi derecha el tenedor, a mi izquierda la cuchara manchada de tinta. Cierro los ojos para ver con más claridad y -rápida y despiadadamente- clavo mi afilada herramienta en lo que parece ser un jugoso chuletón de cordero. Las pinzas de mis pies se estremecen y las hago entrechocar como síntoma de gozo, porque el primer alimento del día está bien aliñado y apenas sabe a papel. Continúo engullendo la pieza de carne con cables mientras con la cuchara entintada empujo la guarnición fuera de la mesa. El sirviente que aguarda ante mí expresa una mueca tensa cuando le escupo algunos pedazos de cartón, que se posan delicadamente sobre su chaqueta y su camisa de seda. Pero yo no me preocupo y, con un par de golpecitos en la campana de mi escritorio, hago pasar al siguiente. Antes de que levante la campana ya he adivinado lo que me trae, y esta vez sí que es mi plato preferido: ¡un rábano en salsa acuosa! ¡con caramelitos incrustados y piezas de chocolate con forma de letras! Sencillamente no puedo evitar emitir un profundo gemido, gutural y burbujeante, y hundo mis mandíbulas en la bandeja que acaba de depositar frente a mi mesa. Repaso cada lado del rábano con mi lengua, untándola bien de su empalagosa esencia, y pongo los ojos en blanco cuando alcanzo su palpitante corazón y aspiro su aroma a sangre y tierra húmeda.
Nadie puede decirme nada porque aquí gobierno yo. Mi hambre no tiene fin, y cada sirviente tiene tiempo de sobra desde que deja la bandeja hasta que vuelve a presentarse ante mí para recoger y cocinar nuevos manjares. Nadie cuestiona mi poder, todos acatan mis órdenes. Y mis órdenes son sencillas: ¡traedme más comida!
Es cierto que a veces no me apetece comer, pero eso es sólo cuando me encuentro lejos de la mesa. En cuanto llego y me colocan la servilleta... todo cambia. Mi hambre crece rápidamente y devora incluso las ansias de huir de aquí. Cuando el hambre me invade, sólo puedo pensar en qué será lo próximo que me ofrezcan y si seré capaz de digerirlo.
Pero siempre encuentro una manera. Hasta ahora, nunca he dejado nada en el plato.
Y hay otra cosa más: he rebasado el límite maravilloso de la nutrición definitiva y mi barriga ya no crecerá más. Los alimentos son expulsados tal y como entran, sin ser digeridos. Ni siquiera tengo que preocuparme por ese detalle... ya no más, ¡ya nunca más!
Puedo comer tanto como quiera, siempre que no me mueva de mi mesa... se acabó eso de pasar hambre.
martes, 26 de mayo de 2009
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